lunes, 18 de enero de 2016

Cálculos

Estoy esperando en la cola del supermercado para pagar y veo otra cola que parece que va más rápida. Valoro la situación y calculo que si me cambio de fila realizaré antes la operación. Así lo hago y me pongo a esperar en la nueva cola. Para mi desesperación, cuando veo que ya me va a tocar, algún problema con el cliente que va delante de mí paraliza de repente todo el proceso. La cajera tiene que llamar por teléfono, consultar algún código o, directamente ir al baño. Quizás la tarjeta del cliente no tiene fondos. A lo mejor ha cambiado a última hora de opinión y quiere cambiar un producto por otro...

Resultado de imagen de cola supermercadoComo la cosa se alarga miro de nuevo a los otros puntos de cobro y me lanzo a una fila con sólo dos clientes que parece que va rápida. Repetición del error nada más cambiarme. Con el agravante que la cajera anterior ya había resuelto el problema. Espero pacientemente y, de nuevo, parón. Me empiezo a poner nervioso. La cosa ya comienza a afectar al propio autoconcepto. "No das pie en el clavo", "siempre has sido así, bastante impulsivo" y otros pensamientos de semejante jaez.

La cadena de pensamientos se hace cada vez más compleja. Y todo va a peor. Ahora ya vamos por "eres un desastre" "nunca cambiarás", "te deberías haber quedado en la primera fila", etc.

Cuando ya me va a tocar me doy cuenta de que me he dejado el monedero en casa. Musito algo parecido a ¿puedes guardarme la compra en un ladico, que me he dejado el monedero? Para más escarnio debo repetirlo de nuevo en voz alta porque la cajera no me ha entendido. ¡QUE ME HE DEJADO EL MONEDERO EN CASAAAA!

Todos me miran y yo, abochornado abandono el local en dirección a mi domicilio. Además de tener la autoestima por los suelos, a la vista de los hechos, infiero que hoy no es mi día.

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