viernes, 1 de enero de 2016

330 azarollas

Que la memoria dispone de múltiples registros no es un secreto para nadie. Todos nuestros recuerdos, nuestras experiencias, van ligados, de una u otra manera a un momento en el tiempo, a un olor, a un sabor, a un movimiento...

Y hoy, cuando he extendido y tapado los nísperos europeos para facilitar su sobremaduración me he visto representado a mí mismo de niño, por estas fechas, en la falsa de mi casa del pueblo, apretando con delicadeza, una a una, las azarollas a ver si alguna había madurado.

No me preguntéis cómo esa fotografía a venido a mi mente. Ha sido automático. Muchas veces el cerebro no entiende la lógica estándar. Y mucho menos la digital. Configura sus evocaciones como quien prepara una receta de cocina: un poquito de emoción por aquí, otro de nostalgia por allá, el recuerdo de nuestros seres queridos, la conciencia de lo que fuimos, el vértigo de cómo pasa la vida.... Al final... ¡Tachaaaannnn! la imagen que nos traslada a la infancia y que nos sorprende y sobrecoge, aparece prístina, nítida. Tan clara que casi nos deja descolocados. Pero ahí está. No podemos sustraernos a ella. Nos recuerda lo que fuimos, lo que vivimos y cómo nos sentimos...

Sí, es verdad, no son azarollas, pero como si lo fueran.

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