viernes, 23 de junio de 2017

El dentista y la conciencia

Esta mañana he estado en el dentista. La visita se ha alargado más de lo previsto porque ya se sabe que en cuanto empiezan a hurgar en la boca... salen más cosas de las que uno hubiera esperado.

El caso es que el rol de paciente del dentista da para mucho. Y las horas muertas que tienes que pasarte con la boca abierta y sin poder hablar, se prestan al ir y venir de los pensamientos (no voy a decir a la reflexión).

La mente comienza por una observación simple (¡vaya ruido que hace el aspirador de saliva!), por ejemplo y, a continuación se van encadenando sucesivos pensamientos que te conducen hasta vaya usted a saber qué recuerdo de tal o cual situación.

Hoy he realizado varios procesos metacognitivos analizando el curso y el contenido de mis pensamientos. La mayoría de ellos conectados con recuerdos de la infancia o de la adolescencia. Ni rastro de cogniciones sobre el trabajo o sobre mi etapa adulta.

En qué momento se dispara la neurona que da origen a estos recorridos mentales y el por qué de esta activación es un auténtico misterio. Por qué elegimos un curso de pensamiento en lugar de otros muchos que también podrían establecerse también se ignora. Podríamos decir que la conciencia de cada uno es, en su totalidad, un auténtico enigma.

Una última reflexión: 
Ernest Becker, comentando al filósofo danés Kierkegaard, caracterizó la conciencia en cierta ocasión de la siguiente manera:

¿Qué significa ser un animal autoconsciente? La idea es ridícula, si no monstruosa. Significa saber que a uno se lo comerán los gusanos. He ahí el horror; haber surgido de la nada, tener nombre, consciencia de uno mismo, profundos sentimientos interiores y un intenso anhelo de vida y autoexpresión... y con todo y con eso, tener que morir. 

viernes, 16 de junio de 2017

Calor

Estos días las temperaturas están alcanzando cifras de récord. Los telediarios se llenan la boca contándonos las desventuras de los ciudadanos y todos estamos muy pendientes del hombre (o mujer) del tiempo.

Yo recuerdo mis años mozos cuando iba al campo con mi padre. Seguro que también hacía calor en verano, pero la cosa se vivía de otra manera, con más naturalidad y también con más encaje. Con el sombrero de paja y el botijo se resolvían las situaciones. Y de vez en cuando, durante la siega, una jota para espantar al astro rey.

Ahora da la sensación de que tengamos que vivir a temperatura constante. Los aires acondicionados no dan tregua. Tanto en los domicilios como en los coches. No soportamos ya temperaturas por encima de los 24 grados...

Lo mismo ocurre con las vacaciones. De niño, en el pueblo, recuerdo que ni siquiera existía ese concepto. En verano era cuando más se trabajaba y era impensable dejarlo todo y desplazarse a otro lugar solo a holgazanear. Existía, eso sí, la expresión "los veraneantes" referida a los hijos e hijas del pueblo que se habían ido a la ciudad y volvían a su pueblo en el mes de permiso en el trabajo...

De manera que, me da la impresión que nos hemos ido poco a poco haciendo más enclenques, menos adaptables a los cambios y a los desafíos de la vida. Es verdad que cuando conoces lo bueno, es muy complicado volver a lo anterior. Esto sería de aplicación para la calefacción y el agua caliente, el teléfono móvil, el frigorífico, la televisión, el ordenador y cientos y cientos de cachivaches que han ido colonizando nuestros hogares ¿qué ocurriría si un día no pudiéramos contar con ellos?

No digo que sea mejor prescindir de los adelantos. Más bien pienso que los hemos de utilizar con mesura.

viernes, 9 de junio de 2017

Pudo haber sido de otra manera

Pasados los 60 es inevitable, de vez en cuando, hacer repaso de lo que ha sido la trayectoria personal de uno, el camino recorrido y las decisiones tomadas.

Es curioso, pero -al menos en mi caso- el énfasis se pone no tanto en el recuerdo de lo que ha sido la vida propia sino en lo que podía haber sido en caso de haber tomado otras elecciones.

La vida es, por así decirlo, unidireccional. Sabes al punto al que has llegado pero resulta imposible saber qué hubiera ocurrido si hubieras optado por otros caminos diferentes. Cuando se toma un trayecto, los otros quedan automáticamente descartados.

¿Qué hubiera ocurrido si hubiera estudiado en otro centro educativo? ¿Y si me hubiera decantado por otra opción profesional?

¿Qué hubiera pasado si en lugar de casarme hubiera decidido permanecer soltero? ¿Y si hubiera elegido otra pareja? ¿Cómo sería ahora mi vida?

Aunque puestos a pensar, podemos ir más hacia atrás (lo cual resulta ya más complicado) y preguntarnos: ¿Cómo sería yo si hubiera nacido en otra familia? Y la pregunta definitiva: ¿Qué hubiera pasado si yo no hubiera existido?

Imposible saberlo, amigos. Sólo nos está permitido un recorrido, un viaje. Quizás si -como algunos proponen- el universo es infinito en otros planetas de lejanísimas galaxias se hayan materializado en mis otros yo todas las elecciones que no he podido hacer.

El infinito da mucho juego.

viernes, 2 de junio de 2017

Más vueltas en torno a la vida

Hace poco, mi mujer recogió en la calle una cría de gorrión. Todavía no le habían salido todas las plumas. Al verla tan desvalida, la arropó y decidió llevarla a casa para alimentarla y tratar de sacarla adelante.

También hace unos días me encontré una pequeña araña por la casa. La verdad, me dio pena acabar con ella y decidí trasportarla hasta la calle. La dejé en un lugar resguardado del viento.

No hace mucho que decidí acabar con una plaga de hormigas que lo estaban invadiendo todo en el jardín. Aunque no me gusta utilizar productos químicos, esta vez recurrí a las piretrinas y solucioné el problema. Ignoro la cantidad de individuos que fallecieron.

Ayer mismo me quedé absorto durante un buen rato contemplando unas pescadillas que había comprado en el supermercado ¡Pobrecicas! -me dije- no han tenido tiempo para hacerse adultas.

Todos días colocamos en la olla o en la sartén algún ser vivo que nos  sirve de alimento. Vegetal o animal. Nos comemos algo que, anteriormente, había estado dotado de impulso vital. Alteramos -por así decirlo- el trayecto previsto para estos seres: crecer, reproducirse y morir.

Nosotros mismos estamos constituidos por la suma de muchas bacterias que, con el tiempo, se especializaron en distintas tareas,  unificaron su trabajo y acabaron constituyendo la entidad "ser humano". Tuvieron que perecer muchas de ellas hasta que el "trabajo" estuvo terminado.

No me digáis que no hay algo desconcertante, algo intrigante en la facilidad con la que la vida se crea y se destruye en nuestro planeta. Y también me llama la atención las elecciones que realizamos los humanos cuando queremos preservarla. El gorrión sí, pero las hormigas no. Tengo perros o gatos en casa pero me como tranquilamente los filetes de pechuga de pollo. Animales que se sacrifican en mataderos industriales...

Al final siempre la misma pregunta: el sentido de todo esto. ¿Para qué la vida? ¿para qué han existido los miles de millones de seres vivos que nos han precedido? ¿qué sentido tiene nuestra propia existencia?