viernes, 23 de febrero de 2018

Luca

El "Last common universal ancestor" (LUCA) o último antepasado común universal viene a representar algo así como el origen de todos los seres que viven y han vivido en nuestro planeta. No es mi propósito extenderme aquí de cómo se ha ido llegando a la conclusión de que este ser tuvo que existir ni tampoco pretendo explicar las razones por las que se postula su existencia. Hay cientos de páginas en Internet que detallan lo que pudieron ser los antecedentes de su génesis, todas ellas a cual más interesante. Más bien quiero plantear mis propias reflexiones acerca del inicio de la vida y la trascendencia que este hecho conlleva según los planteamientos vitales de cada cual.

Que la primera célula pudiera conformarse de manera autónoma constituye, a mi entender, un desafío intelectual de primer orden. Aventurar que la materia inanimada diera origen a algo tan finamente diseñado y estructurado como es una célula parece, cuando menos, increíble. Por algo será que, por el momento, todavía no hemos sido capaces de crear en el laboratorio una célula similar partiendo de sus componentes. Está claro que por el momento no somos capaces de generar vida en una probeta.

Pero tampoco me satisface el hecho de atribuir a un "acto divino" la creación del primer ser viviente. Para mi gusto es una explicación simplista que no aporta mucha luz al caso que nos ocupa. En general, este argumento se podría aplicar a cualquier hecho que en la actualidad no quede suficientemente explicado con el grado de conocimiento actual de la ciencia. Así que pasamos de pantalla.

De manera que, volviendo al razonamiento inicial, me seducen mucho más los planteamientos científicos por mucho que todavía sean incompletos que la idea de la formación "quid divinum". En sí misma, la idea de que la vida se generó por si misma y evolucionó desde la materia inanimada hasta el actual nivel de conciencia de los seres humanos más avezados, me parece algo extraordinario.

Bueno, y por jugar un poco con las palabras, también diré que luca se parece mucho a Luco (de Jiloca) donde una vez tuve ocasión de pescar truchas a cucharilla. También me recuerda a Lucano y, en concreto los lucanos que tenía la madre de mi amigo Javier Cay que cantaban de maravilla. Lo asocio también con Lucas, un profesor muy majo compañero de Río Gállego... Y con El conde Lucanor, obra narrativa de la que oí mucho en mis tiempos de estudiante y que sin embargo nunca leí. Quizás ahora sea el momento de hacerlo...

¡Saludos a nuestro ancestro universal y común esté donde esté!

viernes, 16 de febrero de 2018

Pajarillos en mi jardín

Todo ha sido poner algo de comida en el jardín y poco a poco el espacio se ha ido llenando de vida. No han tardado en llegar los gorriones. Los pobres lo están pasando mal en la ciudad porque el afán de recogida de los humanos no les deja margen para subvenir a sus propias necesidades. Así que, haciendo uso de la implacable ley del más fuerte, se han adueñado del medio coco que les he puesto como reclamo y, mientras las picarazas lo permitan, se van zampando el blanco alimento. Eso sí,  bien atentos a cualquier presencia foránea que interpreten como amenazante.

Los carboneros están mejor adaptados que los gorriones para picotear en el coco. Se sujetan mejor con sus patitas en la cáscara y con su estrategia de picoteado repetitivo consiguen bocados más gordos y sabrosos. Sólo que, al tener menor tamaño, enseguida tienen que cederles el puesto a los primeros. Pero con su vuelo ágil y sus rápidos reflejos, aprovechan de inmediato cualquier descuido para volver a las andadas. Su vistoso colorido y las franjas negras alrededor de los ojos les proporcionan el aspecto de alados llaneros solitarios; aunque siempre suelen ir en pareja. Son más sociables y próximos con los humanos que sus primos los gorrioncillos y por tanto me resultan más simpáticos.

El petirrojo va por libre. Ignora el coco y deambula por el jardín solitario y desconfiado. Se alimenta de pequeñas semillas que hay por el suelo. Al ser de tamaño menor que los dos anteriores ocupa el último lugar en la jerarquía pajaril.

Otro pajarito cuyo nombre desconozco también se pasea a menudo por estos pagos. De porte elegante y rápidos reflejos cuenta igualmente con el antifaz plumífero alrededor de sus ojitos. Es más sociable que el petirrojo aunque se arranca con un vuelo ágil y rápido ante cualquier sospecha de amenaza.

Luego está el tordo. Negro como el hollín, destaca por su pico anaranjado y su vuelo veloz. Se alimenta en exclusiva de las bayas que le proporciona una planta por la que tiene gran predilección. No hace sociedad con sus coetáneos y tampoco le conozco ninguna pareja.

Cada especie tiene sus preferencias, sus gustos y sus fobias; si bien todos comparten la pasión por vivir, la insaciable búsqueda de alimento y presupongo que, cuando llegue la primavera, el ardor por conseguir una pareja.

La vida bulle en todos los rincones de nuestro planeta.

viernes, 9 de febrero de 2018

En última instancia, somos átomos

Hace mucho tiempo, los átomos que hoy forman tu cuerpo se encontraban esparcidos a través de billones de kilómetros de espacio vacío. Miles de millones de años atrás no existía ningún indicio de que esos átomos acabarían llegando a configurar tus ojos, piel, cabello, huesos o los 86.000 millones de neuronas de tu cerebro.

Buena parte de ellos procedían del interior profundo de una estrella; o tal vez de varias, separadas a su vez por otros muchos billones de kilómetros. Cuando esas estrellas explotaron, arrojaron al exterior parte de su material constituyente, en un torrente de gas abrasador que llenó una pequeña parte de una galaxia: una entre cientos de miles de millones de ellas distribuidas a lo largo de un cuatrillón de kilómetros.

Algunos de estos átomos de tu cuerpo han estado anteriormente en el caparazón de un trilobites, o quizá de miles. Desde entonces han formado parte de tentáculos, raíces, pies, alas, sangre y, entre medias, de billones de bacterias.

Algunos otros habrán estado en los ojos de criaturas que contemplaron paisajes de hace cien millones de años; en la yema de huevos de dinosaurio o en el aliento de una criatura jadeante en medio de una glaciación.

Para otros, por el contrario, sería la primera vez que se instalaban en un ser vivo, tras haber vagado durante eones por océanos y nubes en forma de gotas de lluvia o copos de nieve. Ahora, en este instante, están todos aquí, dándote forma a ti.

Cada átomo es, a su vez, una estructura con un tamaño del orden de la diezmillonésima parte de un metro, lo que lo sitúa en los abruptos límites que separan la realidad que percibimos y el mundo cuántico. Los electrones ocupan difusamente buena parte del espacio por lo demás vacío del átomo. Los protones y los neutrones se agregan en un núcleo 100.000 veces menor que el átomo del que forman parte, y se componen, a su vez, de otras partículas extraordinariamente diminutas: quarks y gluones.

En cuanto al electrón, aunque puede que carezca de sentido asignarle un tamaño definido, a efectos prácticos podemos pensar en él como en un objeto diez billones de veces menor que el núcleo.

(Tomado y adaptado de la revista Investigación y Ciencia. Febrero 2018)

Un bebe, es un milagro atómico:
sus 4 kilos de peso son  400 000 000 000 000 000 000 000 000 átomos.
 
Incluso una vida humana larga sólo suma en total unas 650.000 horas y, cuando se avista ese modesto límite, o algún otro momento próximo, por razones desconocidas, tus átomos se dispersan en silencio y se van a ser otras cosas.

viernes, 2 de febrero de 2018

Vidas virtuales

¿Cuántas veces has tenido ocasión de hablar personalmente con Puigdemont? ¿O con Rajoy o Trump? ¿En cuántas ocasiones has disfrutado de la oportunidad de charlar animadamente con algún cantante, futbolista, actor o actriz de moda? ¿Qué oportunidades te  ha brindado la vida de debatir con banqueros o grandes hombres de negocios sobre las bondades y las miserias del sistema capitalista?

Tú que vives inmerso en un universo de sucesos y acontecimientos que "se transforman" en noticia. Tú que atiendes mansamente a los distintos eventos que te va sirviendo el telediario de las 3 de la tarde. Y el de las 9 de la noche.

Tú que acudes a Internet con la ingenua creencia de que te vas a enterar de secretos velados a los demás mortales. Tú que defiendes apasionadamente tus puntos de vista sobre lo que has visto en la tele con amigos, vecinos o cualquiera que se preste a escucharte, en general.

Me atrevo a contestar por ti. Tú, amigo mío, mucho me temo que ni una sola vez has tenido ocasión de interaccionar directamente con los protagonistas de los titulares de los periódicos o de las cabeceras de los informativos.

El contacto con todos ellos, el conocimiento de lo que les acontece siempre se ha visto mediado por una pantalla o por la tipografía de un periódico de papel o digital. Nunca has tenido un contacto directo ni mucho menos privado con ninguno de los principales personajes de la actualidad.Te crees que existen porque los ves en tu televisor, en el ordenador o en el móvil. Pero imagínate que todo fuera un cuento.

Me atrevo, por tanto, a decir que tu mundo -igual que el mío- está construido sobre basamentos virtuales. Sobre algo que te dicen que les ocurre a los demás y que ves en imágenes. Pero no sobre lo que tú experimentas en realidad.

Vivimos inmersos en un mundo artificioso de noticias, cotilleos y sobresaltos. La actualidad nos envuelve, nos atrae y nos reclama. Se necesitan consumidores de noticias que también consuman publicidad y, por supuesto, adquieran cuantos más productos mejor. La maquinaria no puede detenerse.

Pero tenemos escapatoria. Y se encuentra en la esfera de lo nuestro. De lo privado y genuino. De la charla distendida y animada con personas de nuestro entorno cercano. O no tan próximo. Siempre hay ocasión de disfrutar de visiones y modos de experimentar el mundo diferentes a las nuestras.

Y disponemos también del recurso supremo por excelencia: nuestros recuerdos y nuestra imaginación. Siempre a nuestra disposición. Podemos dialogar con ellos de tú a tú.

En realidad podríamos prescindir totalmente de las vidas virtuales