viernes, 20 de enero de 2017

San Sebastián en Pradilla. Comienza de nuevo el ciclo.

Sí, amigos, de nuevo he vuelto a Pradilla para San Sebastián. Todavía sigue viva la huella que me dejó la primera visita y, por eso, ya casi se ha convertido en tradición acudir a las celebraciones por el Santo en esa singular villa. Además, en esta ocasión lo he hecho acompañado de dos buenos amigos: Juan Antonio Castaño y Serafín Benedí. Otro aditamento para incrementar el disfrute. Para pasar un buen rato en su entrañable compañía y juntos compartir emociones y experiencias.

Todo se ha desarrollado de acuerdo con el ritual ya comentado en ocasiones anteriores. Y de nuevo la magia combinada de la procesión, la música y el dance me han hecho experimentar un profundo goce. Además de las celebraciones, el hecho de señalar el día 20 de enero como día del Santo, también conlleva un profundo significado de inicio de un nuevo ciclo, de puesta a punto del reloj, de "reseteado" y vuelta a conectar con el mundo, con la vida, los proyectos y las ilusiones...

Este año el frío se dejaba sentir en las calles del pueblo y en la plaza. Lo cual no era obstáculo alguno para que una nutrida representación de pradillanos y simpatizantes asistiéramos a todos los actos con interés y respeto.

Muchos asistentes han desenfundado sus móviles y dejado constancia del acontecimiento. Otros más profesionales con mejores equipos obtenían los encuadres idóneos para plasmar con acierto lo más relevante de la procesión, el dance y la misa. Tal ha sido el caso de Marta Zapata la fotógrafa de Gallur, que con gran acierto estaba cubriendo todos los episodios del evento.

No han faltado momentos alegres y jocosos. Durante la procesión me preguntaba en voz alta si los roscones que engalanan al santo en su peana eran verdaderos o no. A lo cual, Castaño -como siempre al quite- ha respondido rotundo: "qué va, SON DE MADERA". Semejante expédita afirmación ha traído consigo un auténtico chaparrón de risotadas imposibles de refrenar, hasta el punto que hubimos de tomar aire en varias ocasiones so pena de quedar encanados.

Así, entre unas cosas y otras hemos arribado a la plaza del ayuntamiento donde, una vez más, los mozos han representado los prolegómenos, el nudo y el desenlace de una batalla -otrora- entre moros y cristianos, seguido todo ello de los tradicionales ripios al santo y las cuartetas de picadillo entre los danzantes.


La actuación ha terminado con un sonoro ¡Viva San Sebastián! coreado al unísono con otro ¡Viva! por todos los asistentes. 

La bella canica azul sigue girando. Comienza de nuevo el ciclo.

viernes, 13 de enero de 2017

Erasmo


Me he enterado en un retrete de una frase que se atribuye a  Erasmo de Rotterdam. El dicho estaba escrito con bella letra en la pared del excusado del bar Petit Comité de Zaragoza y me llamó la atención. Decía: "El hombre inteligente no orina contra el viento".

De muy diversas maneras se podría interpretar la frase. Y para mi gusto muchos podrían ser los significados de la misma. Veamos:

Una primera aproximación nos traería la idea de previsión, de sentido común; ya que parece claro lo que puede ocurrir si algún varón (o alguna mujer), por negligencia o por descuido, se pone a orinar a contra viento.

Buceando un poco más ya podríamos aludir a la enseñanza que encierra la cita: que no parece muy oportuno verter tus ideas o tus opiniones en contra del pensamiento de la mayoría. Ante una disputa quizás no sea una buena estrategia pelear de frente y sea mejor opción sopesar bien los argumentos y responder de forma pausada y sosegada. 

Otra interpretación -quizás más afinada- consistiría en calibrar las consecuencias de orinar contra el viento (metafóricamente): te puedes empapar de tus propios fluidos corporales. El corolario en este caso consistiría en valorar los efectos de tus actos si intentas proyectar tus secreciones mentales negativas en los demás, en contra de la irrefrenable fuerza del viento de la razón.

Más aún, podríamos también aludir a la urgencia o no de la micción. Y en todo caso, aunque evacuar apremie, no por ello debemos olvidarnos de hacerlo a favor del viento dominante. En esta ocasión la conclusión sería que siempre deberíamos trabajar a favor de la naturaleza, no en contra de ella.

Bueno, amigos. He pasado un buen rato tratando de buscar distintas interpretaciones a un dicho ingenioso de Erasmo de Roterdam. Por cierto, que otra frase también aguda del mismo autor -el lema que le acompañó toda su vida- fue:

"Cuando tengo un poco de dinero, me compro libros. Si sobra algo, me compro ropa y comida"       

viernes, 6 de enero de 2017

La nota

Caminando por el puente de la Unión (bonito nombre), diviso un papelito doblado en la acera. Yace ahí olvidado y ya amarillea un poco por los repetidos rigores del invierno. Según me voy acercando hacia él, una lucecita de sorpresa y curiosidad se ilumina en mi cerebro. Imagino alguna nota confidencial, algún pensamiento filosófico; quizás una declaración de amor al estilo del que Alfonso Vargas confesó sentir por María de la Sierra

Me agacho para cogerlo y lo despliego. El grafismo redondeado y regular apunta a una mano femenina. La nota ha sido escrita en un fragmento de lo que debió ser una hoja de cuaderno de espiral. El troceado se ha realizado sin mucha delicadeza. Siento que mi corazón se acelera. Pongo ojos de topillo -pues no llevo gafas de ver de cerca- y leo:

     - 5 kilos de costillas de cerdo
     - Patatas
     - 6 de pan
    - 1 bote de pimiento rojo
     - 2 de tomate frito
     -  Boquerones
     - Papel de baño
     - Film trasparente

Mi gozo en un pozo. El sabroso secretillo que yo aventuraba contenía la nota, deviene en algo más cotidiano, más prosaico: la lista de la compra.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Balance del 2016. Previsión para 2017

Se acerca ya la Nochevieja y estas son buenas fechas para repasar, para hacer balance del año que pronto vamos a despedir. Evidentemente y también inevitablemente la revisión de lo más importante acaecido a lo largo del 2016 viene tamizado por mi propia visión de la jugada. Es pues ineludible el sesgo personal y así queda anunciado desde el principio.

Destacaré en primer lugar el episodio de ictus sufrido en el mes de julio del que -afortunadamente- me estoy recuperando bastante bien. Ha sido un toque de atención importante que, de alguna manera, me ha puesto en mi sitio.

Del proceso me ha quedado la enseñanza de aprender a adaptarme a la nueva situación: cuidar la alimentación, llevar una vida más ordenada... y tomar la medicación que ahora se hace ya insustituible. También he aprendido la lección de asumir que somos finitos, que a todos sin excepción nos llega la fecha de caducidad. La experiencia me ha aportado asimismo una visión más objetiva, más realista de lo que significa el paso del tiempo así como ver con más claridad que cuando nos toque el final, el mundo seguirá rodando por muchos, muchos años...

Dejando atrás el tema enfermedades, otra cuestión que me ha interesado sobremanera en este 2016, ha sido el de la exploración espacial. Y en este campo destacaría los avances que se van realizando en el conocimiento de nuestro sistema solar: la misión Huygens-Cassini  nos ha proporcionado una extraordinaria visión de Saturno, sus anillos y sus lunas. Y los descubrimientos sobre Titán y sus ríos y lagos de metano o los geiseres de Encélado o la constatación de una gruesa cubierta de hielo en Mimas, Tetis, Dione, Rea, Hipérion y Japeto, sólo por citar alguno de los 62 satélites del coloso anillado.

De Marte ya se sabe que en el pasado estuvo cubierto de agua y que esa agua, por motivos desconocidos, desapareció. Pero es muy probable que la huella de la vida todavía permanezca en ese planeta. El rover Curiosity todavía nos va a dar muchas sorpresas. Y ya se están preparando otras misiones para el año 2.020. De los americanos y de la parte europea. Así que los aficionados a la materia vamos a estar bien entretenidos.

Ya está claro que el agua es ubicua en el universo y que incluso planetas muy cercanos al sol como Mercurio disponen de ella en abundancia en las zonas de sombra de muchos cráteres.

El telescopio espacial James Webb está ya prácticamente montado. Cuando lo lancen en octubre de 2018 yo no me lo quiero perder. Se aventuran grandes descubrimientos una vez que esté operativo. Su campo de visión alcanzará casi hasta el punto del big bang o gran explosión ¡extraordinario!

La astrobiología también está viviendo un momento dorado. Se avanza a pasos agigantados. Me apostaría algo que de aquí a 2.020 se descubre algún tipo de vida en algún planeta o satélite del sistema solar.

La política nos ha proporcionado muchos titulares de prensa y bastantes quebraderos de cabeza y estoy de acuerdo con Iñaki Gabilondo que el tema de Cataluña va a erigirse en tema estrella en 2017.

Este año he tomado más conciencia de lo que le va a suponer al mundo el calentamiento por las emisiones de CO2. Según los expertos, el lapso temporal de las afecciones habrá que computarlo en cientos de miles de años. Eso da que pensar...

También me ha servido el año que finaliza para valorar en su justa medida el apoyo afectivo de la familia y de los amigos y la importancia que ello conlleva de cara a una vida emocional estable y equilibrada. Como seres sociales que somos, el apoyo de los demás es vital. Y sentirse querido y respetado coadyuva enormemente a la hora de tirar para adelante.

Muchos otros temas quedan en el candelero. Tiempo quedará para irlos desarrollando más adelante. De momento me despido deseándoos  a todos, amigos y amigas de Mi Periplo:

¡¡¡¡FELIZ NOCHEVIEJA Y FELIZ AÑO 2017!!!

viernes, 23 de diciembre de 2016

El futuro profundo

En varias ocasiones he reflexionado en este blog sobre la fugacidad de la vida y el inexorable paso del tiempo. Casi siempre mirando al pasado. Pasando revista de tal o cual circunstancia que -vista retrospectivamente- conllevara una relevancia especial para la historia de nuestro planeta y para la evolución de los seres que lo pueblan.

Pero hete aquí que me encuentro con un apasionante libro de un tal Curlt Stanger (paleontólogo y paleoclimatólogo) titulado "El futuro profundo"- Los próximos 100.000 años en la vida de la tierra- donde se realiza un pronóstico de lo que puede ser de nuestro planeta en los años venideros.

Lo primero que me ha impactado es la escala temporal en la que se encuadran los pronósticos, ya que, por lo general, estamos a pensar en términos de semanas, meses y -como máximo- algunos pocos años.

Lo segundo ha sido el asumir que manejarse en una escala de tiempo tan grande no es lo normal entre la gente de a pie pero si es corriente entre, por ejemplo, los paleontólogos. Como bien recuerda el autor, para ellos un siglo o un milenio no son más que el entrante del menú, siendo la duración de la vida humana, en sentido estadístico insignificante.

Debo confesar que leyendo las primeras páginas del libro no he podido menos que sentir un escalofrío al pensar que, aunque pasen 100.000 o 200.000 años y muchos más, nuestro planeta seguirá existiendo y los seres que lo pueblen también. Y a su vez ese pensamiento ha desatado una cadena de reflexiones todas ellas vinculadas con lo efímero de nuestra existencia.

Todavía me queda mucho por leer de la obra de Stager pero ya he incorporado a mi elenco de ilusiones diarias la curiosidad de saber, de conocer de la mano de un experto lo que, con mucha probabilidad le ocurrirá a nuestra querida tierra en los próximos 100.000 años.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El pantalón apócrifo

Estaba ahí, en mi armario. Despistado entre otras prendas que yo considero genuinas porque me identifico fácilmente con ellas. Camuflado entre camisas y otros compañeros de oficio. Y pasando, hasta ahora, desapercibido entre la multitud textil.

Sí, amigos. El pantalón color canela hasta la fecha había reposado tranquilamente pendiendo mansamente del colgador.... Hasta que un día de estos en los que no sabes muy bien qué ponerte, de nuevo focalicé mi mirada en él. Y decidí sacarlo de su letargo.

Me lo enfundé sintiendo una mezcla de curiosidad y extrañeza. No era para menos pues no recordaba ni el lugar ni el momento en el que lo hubiera adquirido. Aún así, decidí probar para ver cómo me sentaba.

Un poco ajustado, pero no está mal -me dije para mí- . Se puede llevar -concluí-

Desde aquel día he vuelto a repetir la operación en varias ocasiones. Me he vuelto a poner el referido pantalón. Lo he llevado en las más variadas y diversas circunstancias.

Pero debo admitir (y aquí viene la razón de esta entrada literaria) que nunca he acabado de aceptarlo como algo mío. Como un hijo más de la variada cohorte de prendas que pueblan mi armario. Como fiel compañero de andanzas. 

La carencia de título de identidad, el desconocimiento de su pasado, del lugar en que se adquirió, del precio pagado por él, viene a ser como un lastre que desdibuja su personalidad, que difumina su vinculación con mi persona.

Por eso he concluido que el pantalón color canela es apócrifo. De dudosa autenticidad. Un pelín falso y algo fingido. Y que cuando lo visto, hay algo en él que me desconcierta. Y que, sin querer, traslado también a los que me rodean ese mismo sentimiento.

Por la misma regla de tres he llegado a concluir que cada cual cuenta en su haber con un cupo de experiencias personales también apócrifas. Las vives o las has vivido, pero no las consideras auténticas. No pertenecen a lo más selecto y granado de tu vida interior. Son, de alguna manera postizas, falsas, adulteradas....

Momentos de tu vida laboral, de tu relación de pareja, de tu devenir vital que en lo más íntimo de tu ser etiquetas como apócrifos, no verdaderos...

Y por contraste cuando vuelves la mirada hacia atrás, cuando recuerdas los años de infancia y de juventud, allí te sientes retratado como lo que de verdad eres, con las vivencias más prístinas y auténticas. Allí descansa tu yo más profundo...

viernes, 9 de diciembre de 2016

De nuevo a vueltas con los millones de años

El otro día pasé otra vez por la Casa del Libro. Me gusta dar vuelta de cuando en cuando y hojear las novedades de ese inmenso reservorio de conocimiento almacenado en las tres plantas del establecimiento.

Y como casi siempre, me fui directo a la planta sótano. Donde se alojan los libros de divulgación de la ciencia y los manuales más punteros sobre investigación en los más inusitados campos científicos.

Enseguida me llamó la atención una estupenda enciclopedia a todo color dedicada por completo a los dinosaurios. De inmediato me vi impelido a realizar un repaso rápido de aquel reclamo tan llamativo. Empecé a pasar hojas, ávido de novedades. Todo lo que contenía el libro despertaba mi curiosidad.

Me fascinaron, sobre todo las estupendas ilustraciones. La detallada información sobre cada uno de los especímenes. La minuciosa descripción de la distribución geográfica de los ejemplares. La comparativa del tamaño entre los animales y el ser humano. Todo, todo el contenido del libro no tenía ni un resquicio de desperdicio.

La contemplación de ese caleidoscopio de tanta variedad. De tan diversas formas y tamaños. De tan diferentes soluciones ensayadas por la naturaleza con aquellos bichos me dejó atónito. Y el añadido de la cronología en el que se creía que habían vivido también me llevó hacia una profunda reflexión: la fugacidad de la vida y el inexorable paso del tiempo.

A los humanos de a pie nos resulta muy complicado trabajar con períodos de tiempo tan extensos. Manejamos con cierta soltura las escalas de longitud, masa, volumen y tiempo cercanas a nuestra experiencia vital. Pero nos resulta muy complicado calibrar; hacernos cargo de lo que supone un millón de años o -yendo a lo más pequeño-  la longitud de un picómetro o un fentómetro.

Según los entendidos, los dinosaurios poblaron este planeta durante nada más y nada menos que 135 millones de años. Y la práctica totalidad se extinguieron para siempre. Hace unos 66 millones de años. Todo lo que ocurrió durante la vigencia de estos mastodónticos animales ha quedado borrado definitivamente. Imaginaos la cantidad de situaciones, de hechos y avatares que debieron producirse en el día a día. La búsqueda de alimento, el apareamiento, la lucha diaria por la supervivencia... Todo, todo no es más que un remoto recuerdo.

La caída de un asteroide de unos 10 Km de diámetro hace, precisamente, unos 66 millones de años puso fin al imperio dinosaurio y permitió la eclosión de otros animales -los mamíferos- que al ir evolucionando condujeron a la aparición de los seres humanos. 

¿Cuál sería, a fecha de hoy, el panorama en la tierra si no se hubiera producido esta masiva extinción? ¿Hubiera aparecido la inteligencia tal como la conocemos? ¿Se pueden dar estos procesos en otros mundos? ¿La finalidad del universo es crear inteligencia? ¿Hacia dónde puede caminar la evolución de una inteligencia a lo largo de unos cuantos millones de años?

Amigos: para todos aquellos que seguro que no celebraremos el año 2.100, la tozuda realidad de la relatividad del tiempo nos traslada de nuevo el mensaje reiterado en este blog: disfrutemos de cada momento y vivamos con intensidad todos y cada uno de los días de nuestra vida. La cosa no tiene más vuelta de hoja.