jueves, 21 de abril de 2016

Ciudades


Recientemente he viajado a Madrid. Hace tiempo que no visitaba la ciudad y, en esta ocasión tuve la oportunidad de pasear tranquilamente por sus calles y avenidas, de recrearme con la observación del ir y venir de la gente, con el trasiego que siempre genera una gran ciudad.

Y dentro de los múltiples aspectos en los que la observación puede fijarse, varios de ellos llamaron más mi atención.

El primero fue la constatación de que vamos a una ciudadanía global. Cada vez con más frecuencia personas de distintos países se asientan en otras naciones y en sus ciudades. El panorama que se genera es variopinto y multicolor. La mezcla de razas y culturas es una constante que va ir a más, se va a incrementar.

Luego tenemos el tema de la actividad económica. Aquí, a diferencia de otras ciudades más pujantes, se ven las consecuencias del bajón de actividad económica. Y se aprecia en detalles llamativos y otros más sutiles. Los carteles de "se alquila" o "se vende" cuelgan de muchos locales. Los bares y restaurantes no bullen como antes, el mismo tono vital del personal por la calle se aprecia como más enlentecido, más cansino.

Y otra observación más está relacionada también con la globalización. Constato que las ciudades se vuelven más parecidas, más similares. Exceptuando la parte "vieja" o el "casco histórico", los carteles de bares y cafeterías, negocios y emprendimientos de todo tipo, también se pueden ver en la gran mayoría de las ciudades europeas, en América e incluso en Asia.

En todo caso, una constante de las grandes ciudades es su capacidad de crear, de innovar, de reinventarse una y otra vez, de generar nuevos movimientos sociales y culturales. Sí, amigos, las ciudades son la caña.

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