lunes, 23 de noviembre de 2015

El mono

Durante muchos años fue como mi segunda piel. Compañero inseparable de largas jornadas laborales en el taller de torno de Fernando Martín. Todas las mañanas al entrar a trabajar, se repetía la ceremonia de revestirnos con el mono para encarar las tareas que se nos encomendaban. Su hechura fuerte y resistente, su cremallera central y su inalterado color azul eran las señas de identidad de la prenda. Ponerme el mono y sentirme una suerte de superman de las máquinas herramientas, era todo uno.

Con posterioridad he recurrido con frecuencia a sus servicios y nunca me ha dejado en la estacada. Ya se trate de cambiar las bujías del coche, de reparar un grifo o de realizar alguna chapucilla de albañilería, mi mono siempre ha cumplido con creces con la función que -desde siempre- se le
ha asignado. Bueno, mejor debería decir mis monos porque con el paso de los años, comprendí que era buena idea tener al menos dos de repuesto para no quedarme nunca sin revestir si lo requiere la ocasión.

Y ahora, de más mayor, todavía lo empleo con profusión. De hecho, sólo el hecho de ponérmelo me proporciona una especie de "chute" de actividad. Sé que cuando lo llevo estoy haciendo cosas útiles.

Así es que larga vida al mono. Espero no prescindir nunca de él. Si algún día lo hago, mala señal.

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