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sábado, 12 de marzo de 2016

Pequeñas paranoias


Vas al supermercado a comprar el pan y dos o tres cosas más. Un poco despistadillo porque esta noche no has dormido muy bien, pero intentando cumplir con las encomiendas.

Te tropiezas con una señora que ha cruzado su carro justo en el pasillo por el que tú quieres circular. Una pequeña bola de contenido indeterminado se instala en tu estómago. Frunces el ceño y con un ligero empujón consigues abrirte paso hasta los quesos. Un poco más relajado continúas tu expedición. Esta vez en busca de un paquete de fideos.

Miras y remiras y no encuentras el codiciado producto. Lo habrán cambiado de estantería -piensas- e inicias una frenética búsqueda sin criterio alguno. No te has dado cuenta pero ya has pasado hasta tres veces por la estantería desde la que te miran burlones los dichosos fideos. Claudicas y le preguntas a una empleada. Interpretas que su displicente contestación se debe, en parte a que llevas la misma camisa y el mismo pantalón hace tres días, que no te has afeitado y que tu aspecto no es precisamente juvenil porque ya has pasado la sesentena. Para bien o para mal eso es lo que piensas y, acto seguido, la segunda bola se añade a la anterior. Notas el volumen que ocupan en tu cardias y susurras una maldición.

Continúas con el recorrido y con tus devaneos mentales. Hoy no estoy muy fino, te oyes decir. 

Finalmente consigues hacerte con todos los productos y te diriges a caja. Después de una espera más que dilatada, te topas con la cajera. Pasa distraidamente los productos por la luz del láser. Le da a la tecla y anuncia al público lo que debe ser el importe total de tu compra. No te mira a la cara y eso también te descompone.

Nervioso echas mano de ambos bolsillos, el derecho y el izquierdo porque no estás seguro de llevar el monedero. Ah! (exabrupto) lo llevo en el anorak. Precipitadamente sacas un billete y todas las monedas que llevas en el monedero para acelerar la operación. Y el corazón te late un poco más deprisa cuando -de nuevo- aceptas no diferenciar las monedas de 20 de las de 50 céntimos. 

Sólo ha faltado que la cajera te ordenara abrir la mano y extrajera con precisión de cirujana los céntimos pendientes de pago. Te quedas por un momento petrificado, sin saber cómo actuar. Te saca de tu fugaz catatonia una señora que, empujándote, visiblemente enfadada te espeta: ¡venga, señor, que no tenemos toda la mañana!

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