martes, 15 de marzo de 2016

La sangre que corre por nuestras venas



Hoy ha sido día de repaso. De ordenar fotos y de recordar padres, abuelos y bisabuelos. Hasta allí llega nuestra mirada retrospectiva. De los tatarabuelos poco se sabe. Quizás algún chascarrillo que te contara tu padre o tu madre, pero poco más.

Afortunadamente dispongo de las fotos de algunos de mis bisabuelos. No de todos. Y resulta agradable ver de nuevo sus caras, su porte, su posado para la foto. Aún con todo se trata de un momento de su vida congelado en la instantánea y poco más.

El hilo de este razonamiento me ha llevado también a pensar en mi origen, en la cadena enlazada de personas que ha conducido a mi génesis. En su momento me puse a dibujar un árbol genealógico y allí fue donde me di cuenta del ovillo, de la maraña de interrelaciones previas a mi aparición. Cuanto más atrás te vas más frondoso es el árbol. Si dibujas las líneas paterna y materna, las derivaciones de las ramas se vuelven casi inmanejables en cuanto llegas a los tatarabuelos.

A veces los apellidos nos pueden dar una pista sobre nuestro pasado remoto. Algunos son realmente intrigantes por su originalidad: Briz, Cay o Duce, por ejemplo. Otros más comunes dificultan muchísimo la búsqueda. Es el caso de los famosos Pérez, López o García. 

De todas formas, si realmente tenemos curiosidad por saber de dónde proceden nuestros antepasados, hay que acudir a la genética. Sólo por 89$ la empresa Ancestry averigua los lugares donde tu historia familiar comenzó. Estoy pensando en ahorrar algo de la paga mensual para hacerme el test.    

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