domingo, 15 de enero de 2012

Hay gente para todo

La asistencia al concierto de la JONDE (Joven orquesta nacional de España) no ha estado desprovista de vicisitudes. Comenzando por un equívoco en el día de la actuación y siguiendo por la búsqueda de alguien que pudiera acompañarme al concierto al fallarme la compañía de mi señora.

Respecto al día, al sacar las entradas en el cajero de la CAI, pues no me fijé bien y, en lugar de sacarlas para el domingo, día 15, tal como tenía previsto, las cogí para el sábado 14. Tampoco me fijé bien en la hora del concierto que, finalmente fue a las 20:15. Lo mismo ocurrió con el precio de la localidad. Yo contaba con gastarme unos 12 € por entrada, pero las pocas plazas que quedaban libres correspondían a la Primera Platea y costaban la friolera de 40 € cada una.

A pesar que la inversión me ha desbaratado mi presupuesto mensual, no me lo pensé mucho porque en El Periplo, entre otras cosas, se sigue el lema de que "Lo que se dice, se hace". Saqué, por tanto las entradas y, tal como detallaré, asistí gozoso al concierto. Debo decir que no me he arrepentido de la decisión.

El acompañante elegido no ha podido ser mejor: Juan Antonio Castaño. De todos es conocida su afición a la música y sus pinitos con distintos instrumentos. También su entusiasmo por las actividades que acomete. Él me sugirió que nos vistiéramos elegantes para la ocasión y, además se ofreció a llevarme hasta el auditorio en su deslumbrante Jaguar.

Nos presentamos en el auditorio sobre las 20:00 horas. Justo en ese momento salía el público del estadio de La Romareda. Los hinchas del Zaragoza muy cabreados y con cara de pocos amigos. Hoy me entero en el periódico que, por lo visto, gritaron, patalearon y abuchearon de lo lindo a Agapito. Los amantes de la música todavía permanecían fuera del auditorio. Cuando confluyeron ambas aficiones aprovechamos con Juan Antonio para hacernos una foto de recuerdo pues era de resaltar la extraña mezcla de algunas señoras muy empacadas junto a lo más granado y vociferante de la afición futbolera.

Una vez que pasamos al interior del recinto, todavía nos quedó un margen de maniobra para cincunvalar la Sala Mozart, a la espera de que se hiciera la hora. Finalmente, sobre las 20:10 pasamos al interior de la sala.

Ya los músicos empezaban a sacar y afinar sus instrumentos y los asistentes terminaban de acomodarse. Nos tocaba la fila primera, pegada al escenario y con no muy buena visibilidad. Como ya es habitual en él, Juan Antonio analizó la situación y rápidamente descubrió que, detrás de nosotros, tres filas más arriba había asientos libres. Sin pensárselo dos veces me emplazó para que nos ubicáramos en esa mejor situación. Fue un acierto. El disfrute del concierto no hubiera tenido nada que ver si nos hubiéramos mantenido en la primera ubicación.

Después de una breve sesión afinatoria por los, aproximadamente 100 jóvenes músicos de la orquesta, salió el director invitado, Alejandro Posada y, rápidamente se hizo el silencio... y empezó el concierto.

Mientras me deleitaba con la magnífica ejecución de los virtuosos, mi mente iba de un lado a otro, unas veces recreándome en el grácil sonido de las composiciones y otras elucubrando y haciendo cábalas sobre los jóvenes que allí estaban tocando.

Pensé, en primer lugar, en el riguroso proceso de selección que habrán pasado los componentes de la orquesta para obtener una plaza en la misma. También me imaginé las horas y horas de aprendizaje y ensayos que habrán tenido que dedicar para alcanzar el grado de maestría con el que tañen cuerda y percusión y suena la sección de viento.

El caso es que la suite "La noche de los mayas" de la primera parte, que dura aproximadamente unos 36 minutos se me hizo mucho más corta. Se diría que entre el virtuosismo de los jóvenes de la orquesta y las variaciones del tema, el tiempo quedó como comprimido en mi cerebro.

La segunda parte también discurrió rápida. Interpretaron "Candombe" de S. Cervetti y "Pinos de Roma" de O. Respighi. Mi atención iba pasando desde las muchachas que tocaban límpidamente los primeros violines hasta la percusión del fondo, pasando por los segundos violines, las violas, los violonchelos, los contrabajos, las flautas, los oboes y clarinetes, los fagotes, las trompas y trompetas, los trombones y las tubas, sin olvidarnos de las arpas y el piano; tal era la riqueza y complejidad de los instrumentos que allí sonaban.

¡Qué magnifica unificación de sonidos! ¡Qué maravilla de interpretación! Gracias a las enérgicas indicaciones del director de la orquesta el centenar de músicos respondían como un solo ente a las variaciones que ordenaba su jefe. El resultado final fue, desde luego, espectacular. El precio pagado por asistir al concierto quedaba arrumbado y empequeñecido ante tamaña magistral ejecución.

El público asistente aplaudimos con generosidad. Uno tras otro, los intérpretes más sobresalientes fueron invitados por el director a ponerse en pie. Finalmente una atronadora salva de nuevos aplausos despidieron a Alejandro Posada y su orquesta.

 En fin, una experiencia apasionante y divertida. No va a ser la última vez que acuda al auditorio. Volveré a deleitarme con nuevos conciertos. Eso sí, me fijaré bien en el día, la hora y el precio de las entradas.   

1 comentario:

  1. Hay que rendir pleitesía a la música de alto standing, hay que ir con oido fino , relajado, engalanado como las buenas noches de palacio, la cultura y la sensibilidad rellena todo el ambiente de los oyentes, son unos momentos especiales y muy acariciados de modernidad, y si encima la gran orquesta consigue emocionar ¡¡¡ miel sobre hojuelas !!!, y es que el concierto ha merecido la pena.Un saludo de Javier.

    ResponderEliminar