Translate

lunes, 1 de julio de 2013

Yo y la asertividad

Decir lo que uno piensa sin temor a lo que digan o piensen los demás. Manifestar sin acritud mi opinión. Exponer las razones que fundamentan una toma de postura frente a determinado acontecimiento. Esto es lo que digo y esto es lo que pienso... sin herir a los demás. Esa es la clave de la asertividad. Y ese es el desafío para alguien que, por las circunstancias de su educación y por su trayectoria vital ha debido contemporizar más de lo que hubiera deseado.

Somos la consecuencia de nuestra historia personal. El entorno que nos ha rodeado nos ha ido conformando cual vasija que moldea el alfarero. Y los que vivimos los años cercanos a la posguerra nos vimos rodeados de una espesa atmósfera en la que la discrepancia se imponía de forma brusca y desmedida. Había que manifestar acuerdo con determinadas ideas y comentarios con el fin de evitar el choque. Nuestros padres nos introdujeron en esta dinámica sabedores que, durante la guerra civil, aquel que manifestaba sus opiniones tal cual, corría el riesgo de pagarlo con su vida. Era una especie de salvaguarda. Una consecuencia lógica del estrés postraumático que debieron arrastrar durante toda su vida. Era una estrategia adaptativa en aquellos tiempos. Una forma de preservar a la prole.... pero con efectos secundarios indeseados. Como las medicinas. Que curan una cosa pero pueden estropear otra.

Y ahora nos toca el reto de desaprender formas de actuar y de vivir. De ir poco a poco asentando vías de coherencia personal. De discrepar sin enfadarnos y sin dejar rastro de resentimientos. De disfrutar observando las reacciones ajenas ante las opiniones propias...

Queda mucho trabajo por hacer. Hay mucho tajo. Leyendo se puede avanzar pero hace falta algo más. Hay que aprender a ser asertivo. Asistir a cursos, participar en talleres, buscar los mentores más avezados, localizar a los mejores para que nos enseñen con eficacia sus destrezas...

Todo se andará. Modificar conductas firmemente asentadas lleva su tiempo. Pero merece la pena. Siempre mere la pena todo esfuerzo desarrollado en intentar conseguir ser mejor persona.

sábado, 15 de junio de 2013

Las peras con las peras... y las manzanas con las manzanas

Eso es lo que nos decían en la escuela a la hora de sumar. Tener mucho cuidado que las cantidades fueran homogéneas. Si no se actuaba con cuidado y atención, la resolución del problema quedaba ya fuera de nuestro alcance.

Y eso es, también, lo que hacen en la actualidad los supermercados cuando nos ofrecen su muestrario de frutas con la mejor presentación posible para tentar a los posibles compradores.

Pero hay un matiz muy importante en todo este proceso. Ahora la fruta se selecciona cuidadosamente y se distribuye a los puntos de venta en función del poder adquisitivo de los compradores.

Y la peor fruta va a parar a los barrios más humildes. Ahora ya no es como antaño que, al comprar un kilo de manzanas te ponían unas cuantas gordas y otras no tanto, todas ellas mezcladas. Se sobreentendía que todo comprador tenía derecho y obligación de llevarse un poco de bueno y otro poco de no tan bueno.

Ahora se han pasado al otro extremo. A seleccionar lo menos granado y encajárselo a los menos pudientes. Y los pobres no tienen opción. Deben aceptar de buen grado que, aunque con una calidad más que cuestionable, por lo menos comerán fruta. La que no quieren los ricos y que, de paso constituye un pingüe negocio para las grandes cadenas de alimentación puesto que se vende como si fuera de primera.

El ejemplo de la fruta se puede extrapolar al resto de los artículos de alimentación. Se baja el precio para que estén al alcance de los menos pudientes, al tiempo que también se reduce de una forma estrepitosa la calidad. Siempre ha pasado, pero ahora el procedimiento es más implacable que nunca.

Y esta reflexión también la podríamos extender al ámbito de los servicios básicos: a la educación, a la sanidad... Al vestido, al calzado... Lo mejor para los adinerados. Lo peorcico para los de abajo.

De manera que si no media poco a poco el contrapeso de las redes sociales y de todos los que opinan en ellas y se hace más patente la voz de los que se van quedando sin nada, esta sociedad se va ir encarrilando progresivamente hacia una mayor desigualdad, hacia la más descarada separación entre mundos cada vez más extraños y antagónicos. Con el grave riesgo de quiebra social y falta de cohesión que todo ello conlleva.

En fin, esperemos que con la experiencia adquirida y las lecciones aprendidas en lo que llevamos de crisis, podamos todos encarar los tiempos venideros con más acierto. Y afinar al máximo cuando de nuevo nos llamen "a concurrir a las urnas".

Un saludo, peripleros. José Luis

domingo, 2 de junio de 2013

Lo que fueron

Están ahí. Manteniendo el tipo. Contemplando el discurrir de las horas y, seguro que reviviendo fragmentos de su vida pasada. Encajando estoicamente el paso del tiempo y esperando la visita de algún familiar que les confirme que siguen ahí, a su lado. Que no se olvidan de ellos y que comprenden sus olvidos, sus cambios de humor, sus rarezas...

Los avances de la medicina y los cuidados que prestan a los abuelos en las residencias convergen en el enorme logro de incrementar la esperanza de vida. De superar edades hasta hace poco impensables. De mantener a los yayos en pie hasta el último momento.

Y en el ir y venir y hablar y sacarlos a pasear y conversar con ellos se van desgranando viejas historias, anécdotas de tiempos pasados, tiempos de estrecheces, momentos de alegría....

Uno te cuenta los viajes que hacía con el camión recorriendo las carreteras de media España. Una señora se remite a sus tiempos de maestra en el colegio. Este otro está más callado. Dicen que ha perdido la memoria pero que, en su momento, tuvo negocios que le fueron muy bien y que sus hijos no se prodigan por aquí. Aquel tiene pinta de más intelectual. El otro es poco hablador...

Todos han recorrido el tramo principal de sus vidas. Han reído, amado, disfrutado, enfadado, soñado, proyectado, realizado, comprado, vendido, hablado, susurrado, leído, muchos rezado... Y ahora, todo ha quedado atrás. Pero siguen vivos.

Cuando voy a visitar a mi padre me encuentro con ese mundo. Y cada visita me da mucho que pensar. Es una etapa que no me la esperaba. Que me devuelve la imagen de lo que, en su momento, puede ocurrirme a mí. A cualquiera de nosotros. El estadio final de tu vida en el que eres dependiente y has de contar con los demás para seguir viviendo.

Un equilibrio difícil y complicado. En cualquier momento te puedes pasar por defecto o por exceso. Pero ya no tienes la libertad de elegir. De usar tu libre albedrío. Esa libertad ha quedado muy acotada. Has de someterte a lo que te digan los demás. Y dependes de ellos si quieres saludar nuevos días.

Y, por inferencia, cada nueva visita a la residencia renueva en mí el deseo de aprovechar al máximo las horas de mi vida, de extraer lo mejor de cada momento, de llevarme bien con todo el mundo, de ser más humilde, menos soberbio...

Nuestro recorrido vital es tan efímero que nada debería enturbiar nuestra estabilidad emocional...

sábado, 18 de mayo de 2013

La tercera revolución industrial

No hace mucho escuchaba en el salón del actos del Cubit la estupenda charla de Javier García (www.institutocies.com www.sintetia.com) en la que nos hablaba de los cambios que se están operando en las sociedades de los países más desarrollados y, por extensión, en el resto del planeta debido al imparable impulso de Internet.

El impresionante avance de las TICs ha modificado de raíz la forma de entender el mundo, de relacionarse las personas y de gestionar los negocios. Y cada vez se hace más patente la brecha entre los países más adelantados y los que se quedan a la zaga.

La mayoría de las instituciones que tenían su sentido y fundamento en los usos y costumbres del siglo XX han quedado ya obsoletas. Hay que cambiar de arriba abajo la educación, la justicia, la forma de hacer negocios y de gestionarlos, los bancos, los seguros, la publicidad...

Nos encaminamos, por tanto, hacia un nuevo modelo de sociedad en el que las jerarquías van a quedar diluidas y la opinión de los ciudadanos cada vez tendrá más peso. Una sociedad que ya no se conforma con los viejos discursos al uso ni se cree a pie juntillas lo que dicen los tradicionales  medios de comunicación. Que cada vez va a presionar más cuando perciba que las cosas no se hacen con justicia y trasparencia.

Como dice Eric Van der Kleij, "Los cambios tardan tiempo en gestarse, pero una vez se ponen en marcha no hay manera de pararlos. En 10 años, el mundo no se parecerá nada a lo que tenemos ahora. Las plataformas colaborativas y P2P (entre particulares) serán un buen pedazo de la tarta económica. Los grandes bancos y otras instituciones desfasadas habrán caído por su propio peso”.

Y lo preocupante es que, en nuestro país, todavía queda mucho por hacer al respecto. Muchas burocracias absurdas que eliminar, muchos protocolos que revisar, mucha gente que deberá aprender y formarse para lo que ya se nos está viniendo encima. Llevamos un retraso monumental y no hay visos de que la cosa vaya a cambiar. Sobretodo teniendo en cuenta la que está cayendo en el campo de la política. No hay liderazgo y lo que es peor: no hay trabajo.

Urge que los jóvenes tomen las riendas del poder. Que jubilen a los actuales dirigentes. Que entre aire nuevo. Brisa fresca. Los actuales ya no sirven. Ya están superados en casi todo por las nuevas generaciones: en idiomas, en uso de las nuevas tecnologías, en manejo de las redes sociales, en honradez...

Cada año que pasa la brecha generacional se agranda más y los raídos discursos de los de siempre destacan por su vacuidad, por su inoperancia, por su intrascendencia, por su falta de coherencia...


La tercera revolución industrial está pillando a nuestro país tan desprevenido como las dos anteriores.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Dónde se meten?

Están agazapados. Escondidos tras quién sabe qué malla de ocultación. Invisibles. Desaparecidos de la vida cotidiana y de los medios de comunicación. Sí, la mayoría de nuestros políticos no quieren, ahora, dejarse ver en público.

Casi seguro que sus asesores les han recomendado vivamente que no se muestren demasiado. Es pura reflexología. Conductismo clásico. No sea que la chusma asocie los malos tragos que están pasando con su careto. Eso sería fatal para "su carrera". Perder puntos cuando haya que elaborar las candidaturas. Volver de nuevo la grupo de "los de a pie"...

Y sin embargo, debería ser ahora cuando más tendrían que acercarse al pueblo. Conocer de primera mano las penalidades por las que están pasando. Acercarse a la fila del paro, a los hospitales, a los centros educativos... Sondear la realidad de lo que está ocurriendo. Mostrar su solidaridad con los que menos tienen. Proponer y debatir posibles salidas de la situación. Liderar un movimiento de renovación y alentarlo día tras día...

Pero nada, no hay forma de que den la cara. Ellos lo tienen muy claro. Prefieren promover partidos de fútbol, grandes hermanos, telediarios vacuos... Así la gente se va distrayendo y no los echan en falta.

Luego, cuando vengan las elecciones, volverán -por unos días- a la calle. Repartirán con fingida sonrisa su programa  y se dejarán fotografiar con niños en brazos que vienen muy bien para tocar la vena sensible del electorado. Pasarán por los mercados ¡faltaría más!, se desgañitarán en los mítines. Y jurarán y perjurarán que -gracias a sus desvelos- la crisis por fin va a remitir.

Eso sí. Con todo bien planificado. Que no falten las cámaras de TV cuando llegue el momento oportuno. Supervisando, por supuesto, que les han tomado el mejor plano y diciendo alguna frase ingenosa. Puro teatro. Y encima, teatro interesado. Para que les volvamos a votar. Para mantener sus privilegios.

Hay familias, clanes de políticos que llevan más de 100 años tocando el poder. Y se las saben todas para volver a ser reelegidos en cada nueva elección. El pueblo es muy buenecico. Olvidan enseguida y con cuatro carantoñas se dejan de nuevo embaucar...

Pero sería genial que en las próximas elecciones les saliera el tiro por la culata. Que en estos dos años y medio que restan para acudir de nuevo a las urnas la mayoría de la población acordáramos no renovar el voto a los de siempre. Que echáramos mano de otros. Casi da igual su ideología. Que no sean los de siempre. Que, una vez pasadas las elecciones, descubran que la han pifiado. Que no les queda más narices que buscarse la vida por otros derroteros. Que el chollo se les ha acabado.

Y el colmo de los colmos sería volver a ver por la televisión a alguno de nuestros ínclitos saludando sonriente. Mirando a la cámara. Mostrando su cuidada dentadura.... En la cola del paro.

martes, 7 de mayo de 2013

Reflexiones en torno a la manifestación del 1º de mayo

Estuve en la manifestación del 1º de mayo. No me había planteado si ir o no, pero un amigo me llamó y entendí que el evento empezaba a las 11 de la mañana en la Plaza de San Miguel. Llegué con una hora de antelación ya que la hora correcta eran las 12, pero ese intervalo de tiempo en el que estuve esperando dio mucho de sí como veréis.

No había ni un alma en la plaza a las 11 y 10. Ni tampoco cartel alguno por los alrededores en los que se indicara dónde era la concentración y quien la convocaba. Lo interpreté como un primer atisbo de la flojera que les ha entrado a los sindicatos en los nuevos tiempos de crisis y recortes que les ha tocado vivir.

Así que me encaminé por el Coso hasta la Plaza de España donde ya pude vislumbrar la contundencia de la respuesta policial ante cualquier sospecha de "exceso" de los manifestantes. Un reducido grupo de trabajadores se concentraba en Mac Donals para protestar por lo de siempre: recortes y despidos. Enseguida llegaron los policías por si la cosa de iba de madre. Llegué a contar no una ni dos ni tres; sino hasta cinco intimidantes furgonetas policiales con sus amenazadoras luces azules, primer indicador de que la cosa se podía poner complicada.

Salí de allí pitando por si acaso se escapaba algún estacazo y aún me acerqué hasta la Plaza de Aragón, pensando que quizás la manifestación partiera de allí. Nada. Tampoco había gente concentrada.

Volví de nuevo a la Plaza de San Miguel y ya la cosa se empezaba a animar. Un bullicioso y colorido grupo de trabajadores de Huesitos de Ateca hacían ya sonar sus pitos y mostraban indignados sus pancartas en las que se exponía la dramática situación en la que se van a quedar 107 familias de esa localidad. Repartían chocolatinas de la marca Hueso, transformada ahora en el tándem  Milka-Kraff, que en su momento compró     la fábrica y ahora se quiere deshacer de ella trasladando su producción a Polonia. Cosas de la deslocalización -pensé- Y 200 personas a la calle de golpe y porrazo.

200 personas que no creo que gocen del maná de las prejubilaciones de bancos y cajas de ahorro o de la empresa Telefónica. Ambos sectores siguen concediendo vacaciones perpetuas a muchos de sus afortunados -y jóvenes- trabajadores. Me consta que muchos de ellos, recién cumplidos los 53 disfrutan de un sueldo estupendo y saborean y viven la vida ya que cobran sus emolumentos íntegros sin tener que ir a trabajar el resto de sus días.

No los critico. Si a mi me lo hubieran ofrecido también lo hubiera aceptado. Pero eso no quita para reconocer las increíbles desigualdades y los agravios tan exagerados que se están produciendo en nuestro país entre las personas de clase trabajadora. Mientras a unos les alargan la edad de jubilación y les endurecen las condiciones de trabajo, otros disponen a su antojo de todo el tiempo libre del mundo, se van de fiesta y en unas estupendas condiciones. Mientras los jóvenes y una gran parte de los trabajadores no llega ni siguiera a los 1.000 € al mes, muchos jubilados cobran pensiones que duplican con creces este importe. Por no hablar de los sueldos que paga el PP a algunos de sus afiliados... Y la brecha cada vez se profundiza más.

Poco a poco se fue concentrando cada vez más gente en la plaza. Los últimos en llegar, portando sus banderas y sus estandartes, fueron los de los sindicatos. A esa hora un atronador sonido de pitos y cánticos del más variado pelaje animaban la congregación. Allí nos juntamos personas en paro, funcionarios, liberados sindicales, inmigrantes, personas sin techo... Un colectivo variopinto. Un agregado de personas con no muchos puntos en común precisamente...

Empezó la manifestación y también continuaron mis reflexiones. Me planteaba si serviría para algo esta enésima muestra de descontento con la situación por la que atraviesa el país y sus gentes. No creo que este formato tenga una gran incidencia en las políticas que se vienen aplicando. Se parecía más a un recorrido tipo Cabalgata de Reyes, Carnavales o... Fiestas del Pilar. Creo que, en la actualidad, tienen más resonancia en los medios de comunicación el regreso de las grullas (pongamos por caso) que una nueva muestra de descontento con el formato tradicional. Por tanto -concluí- si queremos conseguir algo ya podemos ser más creativos y echarle imaginación a nuestras reivindicaciones.

Y también concluí que la mejor forma de emplear el tiempo -si queremos cambiar las cosas- es concentrar esfuerzos e incidir en el cambio en las próximas elecciones. Un trabajo a dos años vista que habría que empezar ya. Yo solo veo la solución por esa vía. Las huelgas y las manifestaciones no cumplen -en el sigloXXI- con los objetivos que se planteaban en el XIX. Si no que se lo pregunten a los griegos o a los portugueses. ¿En qué han quedado todas sus protestas y sus reivindicaciones? Nosotros no debemos ir por el mismo camino.

Muchos otros pensamientos vinieron a la mente por el camino. Recorrí la manifestación metido en un grupo por el centro. Cuando llegué a la Plaza de España decidí que mi cometido se había ya cumplido. Tenía hambre y debía desplazarme a pie hasta mi casa. Poco a poco dejé el bullicio y los pitos atrás. Y yo, a su vez, me fui integrando en el otro nutrido grupo humano que disfrutaba de la mañana soleada del miércoles 1 de mayo caminando y departiendo por el Paseo de la Ribera...

miércoles, 1 de mayo de 2013

Efectos colaterales indeseados del "Método Pueyo"

He decidido parar, por un tiempo, la experiencia del aprendizaje memorístico intensivo de los discursos de inglés de la NASA y las lecciones diarias de este idioma. En mi afán por ser constante y focalizarme en esta tarea, he ido descubriendo que tanta intensidad mental y tan continuada, produce efectos colaterales indeseados.

En mi caso, he observado un incremento en la actividad mental en general y un excesivo cuestionamiento de muchos asuntos de la vida diaria. Y también cierta dificultad en la fluidez de las relaciones interpersonales. Cuando uno se pone en el formato "centrado exclusivo en un tema", todo lo demás acaba siendo accesorio. Parece ser que el cerebro "se rebela" contra la imposición de normas muy rígidas y el exceso de autoexigencia y demuestra su malestar con estos síntomas.

Es cierto que según avanzamos en edad, el cuerpo nos pide más relajación y menos complicaciones. Y, para mi gusto, también lo es que nunca uno es demasiado mayor para emprender nuevos aprendizajes. Sin embargo hay que buscar el término medio. No es bueno "pasarse de frenada". Cuando empezamos a experimentar sentimientos de agobio, ansiedad o desvalorización, debemos estar atentos porque nuestro cuerpo nos está advirtiendo que algo no rueda como debería. Y lo inteligente es tomar las medidas adecuadas para atajar el problema.

Por mi parte he vuelto de nuevo a caminar por el trayecto hasta el instituto sin repasar discursos ni memorización alguna y disfrutando del aire fresco de la mañana y del canto de los pájaros. Y a disfrutar de mi tiempo libre. Queda para más adelante la materialización de mi proyecto de aprendizaje memorístico de 24 discursos de la NASA, las 100 canciones y las lecciones diarias de inglés.

Cuando las circunstancias sean más oportunas, si procede, lo retomaré.

Mientras tanto, amigos, disfrutemos de las alegrías que nos ofrece la vida: una buena comida, una agradable conversación, un paseo relajado... y tantas y tantas cosas que nunca debemos dejar de lado.