domingo, 2 de junio de 2013

Lo que fueron

Están ahí. Manteniendo el tipo. Contemplando el discurrir de las horas y, seguro que reviviendo fragmentos de su vida pasada. Encajando estoicamente el paso del tiempo y esperando la visita de algún familiar que les confirme que siguen ahí, a su lado. Que no se olvidan de ellos y que comprenden sus olvidos, sus cambios de humor, sus rarezas...

Los avances de la medicina y los cuidados que prestan a los abuelos en las residencias convergen en el enorme logro de incrementar la esperanza de vida. De superar edades hasta hace poco impensables. De mantener a los yayos en pie hasta el último momento.

Y en el ir y venir y hablar y sacarlos a pasear y conversar con ellos se van desgranando viejas historias, anécdotas de tiempos pasados, tiempos de estrecheces, momentos de alegría....

Uno te cuenta los viajes que hacía con el camión recorriendo las carreteras de media España. Una señora se remite a sus tiempos de maestra en el colegio. Este otro está más callado. Dicen que ha perdido la memoria pero que, en su momento, tuvo negocios que le fueron muy bien y que sus hijos no se prodigan por aquí. Aquel tiene pinta de más intelectual. El otro es poco hablador...

Todos han recorrido el tramo principal de sus vidas. Han reído, amado, disfrutado, enfadado, soñado, proyectado, realizado, comprado, vendido, hablado, susurrado, leído, muchos rezado... Y ahora, todo ha quedado atrás. Pero siguen vivos.

Cuando voy a visitar a mi padre me encuentro con ese mundo. Y cada visita me da mucho que pensar. Es una etapa que no me la esperaba. Que me devuelve la imagen de lo que, en su momento, puede ocurrirme a mí. A cualquiera de nosotros. El estadio final de tu vida en el que eres dependiente y has de contar con los demás para seguir viviendo.

Un equilibrio difícil y complicado. En cualquier momento te puedes pasar por defecto o por exceso. Pero ya no tienes la libertad de elegir. De usar tu libre albedrío. Esa libertad ha quedado muy acotada. Has de someterte a lo que te digan los demás. Y dependes de ellos si quieres saludar nuevos días.

Y, por inferencia, cada nueva visita a la residencia renueva en mí el deseo de aprovechar al máximo las horas de mi vida, de extraer lo mejor de cada momento, de llevarme bien con todo el mundo, de ser más humilde, menos soberbio...

Nuestro recorrido vital es tan efímero que nada debería enturbiar nuestra estabilidad emocional...

2 comentarios:

  1. Me ha emocionado tu artículo, amigo José Luis, precioso de verdad, es la realidad que se nos puede presentar al final de los años, derivas de la propia existencia, reflexiones y muchas ganas de ser feliz, de disfrutar de la vida, de ser un buen ciudadano del mundo, del que la gente hable bien, este sería el buen deber cumplido ¡¡¡ Qué bien maneja las emociones, sr. profesor !!!. Un abrazo de Javier.

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  2. Gracias, Javier. Seguro que coincidimos en casi todo el grueso de mi reflexión. Yo sé que tú también buscas con ahínco vivir de la mejor forma posible tu vida, ser cada día un poco más feliz, disfrutar de cada momento... Tienes méritos más que sobrados para conseguirlo. Un abrazo. JL

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