viernes, 28 de diciembre de 2018

Yo, Gaspar


Hablaba ya hace algún tiempo con un conocido que participa en la recreación de batallas medievales. Entre otras curiosidades me contaba cómo según el papel que se adjudica la gente, él había observado una actitud y un comportamiento distinto, dependiendo del cargo que tienen que desempeñar.

Así, por ejemplo, aquellos que representan a nobles o dignos señores feudales en la ficción, tienden también a actuar con un talante digamos que más prepotente en la vida real; mientras que los que actúan como vasallos, pongamos por caso, serían como más serviles y "doblegables" en su vida cotidiana.

Me llamó la atención esta observación e incluso me sirvió para realizar una posterior generalización en el sentido de que el atuendo y la vestimenta con la que nos equipamos habitualmente así como el rol que nos toca representar en cada momento condiciona de forma significativa nuestro comportamiento.

Me viene también a la cabeza uno de los temas que impartía en las clases de Psicología en el que se hacía alusión al Experimento de Stanford donde se pudo observar la influencia de un ambiente extremo en las conductas desarrolladas por las personas en función de los roles sociales que desarrollaban.

Bueno, pues el caso es que, este mes de diciembre, yo también he tenido la ocasión de revestirme -de transformarme- en un rey mago ya que, a petición del AMPA de un colegio, me ofrecí voluntariamente a representar a Gaspar.

Mientras nos estaban vistiendo, los tres reyes no parábamos de reirnos y de gastar bromicas pero una vez ataviados, en compañía de los respectivos pajes, nos pusimos ya más serios y comenzó la función.

De momento la entrada triunfal en el colegio fue espectacular. Los niños y las niñas nos estaban ya esperando en el patio mientras los pajes, colocados en hileras a ambos lados de la entrada hacían estallar sus tubos explosivos lanzándonos divertidos confetis.

A continuación ante un griterío cada vez más insistente, fuimos pasando revista a los pequeñajos saludando con solemnidad unas veces, besando a los niños otras y repartiendo nuestras sonrisas siempre.

Aquel ceremonial introductorio ya me proporcionó el primer "subidón" pero todavía se añadió un punto más de orgullo cuando las madres -insistentemente- nos solicitaban una foto con sus hijos.

A esas alturas ya se estaba produciendo en mi cierta transformación. Como que me veía más bondadoso y más sabio que al inicio de la representación y también más amable, más cariñoso; más tierno.

Pero la cosa fue a más cuando empezamos a pasar por cada una de las clases; a sentarnos mayestáticos en tres sillas preparadas al efecto y a recibir las peticiones de cada uno de los niños. Unos nos entregaban las cartas y nos las comentaban. Otros nos hacían las peticiones verbalmente y todos nos miraban con indusimulada sorpresa reflejada en sus caritas.

Los miembros del APA ya lo habían preparado todo para que a cada uno de ellos les entregáramos un regalito como aperitivo a la espera de que el día de reyes se materializaran sus infantiles pretensiones.

Las breves entrevistas individuales con los niños y niñas dieron mucho de sí. La mayoría de ellos nos hablaban de sus peticiones aunque también, a veces, dejaban deslizar alguna inquietud.

Así un niño me pidió un trabajo mejor para su mamá; otro que su hermanito pequeño dejara de molestarle e incluso una niña llegó a inquirirme acerca de mis capacidades adivinatorias. Cierto es que a esas alturas yo ya me estaba empezando a creer que las tenía así como que también poseía el poder de cambiar el destino de los niños que me parecían más humildes y desvalidos.

En fin, el sumun fue cuando los alumnos y alumnas nos obsequiaron con unos villancicos que habían preparado con sus profesoras. Aquello fue el delirio.

Una vez que terminamos las audiencias y el reparto de consejos, regalos y sonrisas nos retiramos discretamente a nuestro alojamiento inicial. Allí comenzamos a desvestirnos y de nuevo traspasamos la frontera que nos llevaba al mundo real.

Debo admitir que me costó lo mío volver de nuevo a lo cotidiano. Voy a echar de menos  mi encarnación como Gaspar.

5 comentarios:

  1. Gabriel-Luis Esteban Millán31 de diciembre de 2018, 14:42
    Querido Rey Gaspar:
    Además de desearte salud y paz para 2019 te querría pedir un deseo.
    Tengo la costumbre de desayunar leyendo con verdadera fruición, estupendos artículos de un amigo que se llama José Luis Pueyo.Te ruego...tú que tienes poderes...hagas que este amigo se prodigue más y nos siga deleitando,con mayor frecuencia, con sus magníficos escritos,para éste 2019 y muchísimos siguientes años más.
    Rey Gaspar ...Feliz Año 2019.

    ResponderEliminar
  2. Marcado routier navideño, metido en harina de portal de Belén, una magna representación,... Tú ya tenías experiencia con el incienso,... el que portaba el rey Gaspar. Feliz año,para ti y también para Luis. Que todo sean parabienes.

    ResponderEliminar
  3. Javier...gracias...que pases una feliz noche vieja y salud y paz para 2019.

    ResponderEliminar
  4. Muy feliz año nuevo para los dos!!
    Tomo nota de vuestras peticiones y como todavía sigo empapado de la magia del Rey Gaspar estoy en condiciones de garantizaros que todas vuestras ilusiones y proyectos van a materializarse y a llevarse a cabo.
    Palabra de Gaspar!!!

    ResponderEliminar