domingo, 24 de marzo de 2013

Fascinación por los cohetes

Tendría que remontarme a mi infancia, de niño, en el pueblo, cuando después de quemar los coscojos en la imponente hoguera que señalaba el comienzo de las fiestas, los alguaciles prendían fuego con indisimulado nerviosismo a las mechas de los cohetes que partían raudos hacia las negras alturas de la noche.

Todo el ceremonial me producía una enorme fascinación. El fuego, la música, la gente bailando y, por supuesto, los cohetes y los fuegos artificiales desplegando sus chispas multicolores al tiempo que se consumían en su rápida y vibrante efímera vida.

Esa primera noche de víspera de fiestas marcaba el ritmo de posteriores espectáculos con fuegos de artificio y nosotros, los mocetes, siempre presentes, en primera fila, muy atentos al protocolo y asombrados ante las desbordantes brillantes irisaciones que desprendían los fuegos en su fugaz enérgica despedida volando hacia el cielo.

Tanto me impregnaba del magnetismo de la pólvora quemada que, finalizadas las fiestas, yo continuaba -a menor escala- con la demostración, preparando mis propios cohetes con varias cerillas agrupadas con papel de plata y ensayando distintos formatos para ver cuál de los diseños llegaba más alto.

Con posterioridad, con los amigos, conseguimos hacernos con pólvora de verdad y gracias a la aparición, por aquel entonces, del celo adhesivo, recrear a nuestra manera -aunque burdamente- la quema de fuegos artificiales.

La fuerza de reacción, el impulso que lanza al cohete hacia lo más alto siempre me ha producido una gran fascinación y asombro. Y creo que un éxito básico de nuestro proceso de humanización ha consistido, precisamente, en haber desarrollado la capacidad de desafiar a la fuerza de gravedad y ser capaces de escapar de nuestro ineluctable cautiverio aquí en la tierra.


Y, en la actualidad, gracias al enorme desarrollo de la cohetería espacial, somos capaces de enviar complicadas máquinas hasta el rincón más alejado de nuestro sistema solar y más allá. El universo entero se halla a nuestro alcance.

Por eso, cada vez que se produce el lanzamiento de una misión y la cuenta atrás llega a cero, todavía me estremezco al contemplar las rugientes llamaradas de esos monstruos tecnológicos impulsando con su desbordante energía sofisticadas naves espaciales. Y cada vez se incrementa más mi deseo de estar allí en persona, de volver de nuevo a los orígenes y contemplar -a una escala mucho mayor- la impresionante exhibición de su majestuoso ascenso a los cielos.      

2 comentarios:

  1. Buena pólvora, la empleada en la plaza del Olmo, con aquel tubo de pastillas, eran la curiosidad por volar, por subir alto, por lanzar desde el castillo, los papelicos redondos para los baucinos, desde subir a las almenas de la torre de San Martín, desde subir a los chopos de la arbolera de la villa,desde impactarte por el paso de los aviones de guerra en las escuelas, desde ver el paso de las bodas de las grallas, desde subir a las barcas en las fiestas o desde ver si los paracaidas de los indios de juguete volaban,,,,. esa era la máxima, mirar hacia el cielo, ponerte la mano en la frente, y quedarte anonadado...., eterna curiosidad. Precioso artículo.Otro día hablaremos del toque de oración en San Martín, en una noche de esas de invierno, en las misas de semana, de hace muchos años. Un abrazo de Javier.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y estupendo comentario el tuyo, Javier. Buena memoria histórica. Excelente capacidad para el recuerdo. Es algo que siempre he admirado de ti. Un abrazo. José Luis

      Eliminar