Ayer dediqué un buen rato a mirar las nubes. Había un buen montón de ellas graciosamente suspendidas en la atmósfera jugueteando alegremente unas con otras.
Recordaba tiempos pretéritos. Momentos y situaciones de otra época en la que, como niño, también me entretenía adivinando formas humanas, caras y siluetas escondidas entre nubes de algodón.
Y me llamaba la atención la persistencia del patrón, la resistencia del cerebro para cejar en su empeño de dotar de humanidad los rostros construidos con jirones de cúmulos y nimbos.
Esa tendencia tan característica de los sapiens de humanizar las cosas inanimadas ha supuesto, desde siempre, una invitación a la creatividad y la originalidad. Sin duda allí radica la esencia de todas las manifestaciones artísticas.
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