
Yo me acuerdo, de niño cuando estábamos segando en el campo. También hacía calor. Pero no se medía con grados. No había termómetros. Y la cosa se sobrellevaba de otra manera. Digamos que éramos más flexibles. Nos adaptábamos a lo que había. Bebíamos más agua del botijo o nos calábamos mejor el sombrero. Distribuíamos mejor nuestros esfuerzo y acortábamos los descansos. Los cambios meteorológicos se encajaban con naturalidad. Sin exageraciones. Sin estridencias.
Ahora, a veces, parece que se avecina la apocalipsis.
No seré yo quien diga que no hay que prevenir pero alerto sobre un enfoque tan negativo del calor veraniego.
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